Rechazo del trabajo y “General intellect”

Franco Berardi (Bifo)
Traducido por Daniele Zoli

De la lectura de la obra de Marx surgieron, en los años sesenta, tres directrices que nacían de las distintas fases de su trabajo teórico:

  • La primera directriz de trabajo enfatizaba el pensamiento del joven Marx, su vocación humanística y la cuestión de la subjetividad subrayando la continuidad con Hegel, aunque sólo con el Hegel de la Fenomenología del espíritu.
  • La segunda se concentraba sobre todo en El Capital, en el Marx de las obras siguientes a la ruptura epistemológica con el hegelianismo, y que se puede conectar al estructuralismo.
  • La tercera, retomando los influjos conceptuales de la fenomenología, descubría la importancia de los Grundrisse y, a partir de ese texto, elaboraba el concepto de composición y de general intellect.

La perspectiva humanística del pensamiento crítico revolucionario de los años sesenta (identificable a través de Marcuse y Sartre) había insistido en las Obras filosóficas juveniles de 1844. La autenticidad originaria humana era, según esta perspectiva, el punto de partida y, al mismo tiempo, el contenido deliberado del compromiso revolucionario.

El estructuralismo althusseriano, al contrario, invitaba sobre todo a leer El Capital considerando la estructura del proceso productivo como el lugar en el cual se forma tanto la crítica del mundo existente como el proceso revolucionario que lleva a la destrucción.

El neo-marxismo italiano, que usualmente se llama “operaismo”[1] movía su atención hacia los Grundrisse, la obra de Marx publicada en Italia en 1968 con la traducción de Enzo Grillo y con el título Lineamenti fondamentali per la critica dell’economia politica [2].

Ni la hipóstasis idealista de una humanidad a realizar por medio de la acción histórica, ni el análisis de las contradicciones implícitas en la estructura de las relaciones de producción, pueden explicar el devenir social que modifica la composición social y permite los procesos de formación de la subjetividad revolucionaria. Tampoco la presuposición de una humanidad a rescatar, ni el análisis del capital son suficientes para entender lo que acontece en la escena de la historia del siglo XX, ni en la escena de la lucha de la clase obrera, ni en la reestructuración capitalista.

Para comprender estos fenómenos es necesario observar desde el punto de vista del trabajo y de sus manifestaciones más avanzadas, y aún más desde el rechazo del trabajo, es decir desde la subversión determinada que los hombres (en calidad de obreros, y no como poseedores de una esencia originaria) ejercitan en contra de la estructura determinada del proceso laboral.

Ubicándolo desde el punto de vista del trabajo y de su rechazo, el neomarxismo italiano de los años 60 señaló la composición social como la perspectiva crucial para la correcta observación de todo el proceso, y definió la recomposición de clase a partir de la dinámica de la sustracción del tiempo con respecto a la prestación asalariada.

Según el neo-marxismo italiano (que se define habitualmente como obrerismo, pero que yo prefiero llamar “composizionismo[3] ), si se quiere entender conjuntamente la composición social y los procesos de ruptura revolucionaria contra el capitalismo, es menester situarse en la perspectiva del devenir técnico, social, organizacional y relacional del trabajo organizado. Y se puede tener esa perspectiva sólo si asumimos como punto de vista el rechazo de la prestación, de la subordinación del tiempo de vida a la regla del salario.

El pensamiento composicionista se coloca en una perspectiva antilaboral: arrancando de la distinción marxista entre actividad y trabajo, llega a entender la actividad como la substracción del trabajo y, como tendencia, a partir de la extinción del trabajo. Desde la primera página de El Capital, Marx indica que es necesario distinguir entre la actividad general con la cual una persona se relaciona con la naturaleza y con la sociedad de los otros seres humanos, y la forma determinada de trabajo asalariado, o sea la prestación de tiempo abstracto que se intercambia por un salario.

Cuando se habla de rechazo del trabajo, no nos referimos a la anulación de la actividad sino, al contrario, a la valorización de la misma que es indisociable cuando es alienada en aquella modalidad que la hace depender de la actividad, como trabajo abstracto.

En El Capital, Marx define el concepto de “trabajo abstracto” con estas palabras:

Bajo los efectos del desarrollo capitalista, el trabajo industrial pierde toda relación con el carácter concreto de la actividad, se transforma en puro tiempo de vida prestado, objetivado en productos cuya concreta y útil calidad no
contempla otra cosa que la posibilidad de intercambio, y la acumulación de plusvalía.

El obrero industrial (por lo general, tendiente a todo el ciclo del trabajo social) es portador de una conciencia puramente abstracta, repetitiva.

La abstracción, esa fuerza que atraviesa la época moderna, alcanza su perfección en la época digital. El trabajo de transformación física de la materia se ha vuelto tan abstracto que resulta inútil: las máquinas pueden virtualmente substituirlo por entero. Pero a la vez empieza el proceso de subsunción del trabajo mental en la producción, y así el proceso de reducción del trabajo mental en la misma abstracción de la actividad.

El trabajador entonces aparece aplastado, reducido a un apéndice pasivo, dispensador de un tiempo vacío, carcasa sin vida. Pero inmediatamente después la visión cambia:

Gracias a la acumulación de la ciencia y de las fuerzas generales del cerebro social, escribe Marx, el trabajo se vuelve superfluo. La tendencia del capital, considerada en su pureza, es la de suprimir lo más posible el trabajo humano en su forma inmediata y material para sustituirlo por medio del uso tecnológico de la ciencia.

Podemos afirmar que el desarrollo de esa tendencia lleva al sistema global de producción virtualmente fuera de la órbita paradigmática del moderno sistema capitalista. Es necesario instaurar un nuevo sistema paradigmático si se pretende entender y, sobre todo, liberar la nueva constelación de la actividad humana de las tecnologías, de las interfaces, de las interacciones sociales.

Sin embargo, el pasaje paradigmático operó en tiempos distintos respecto a los tiempos de las potencialidades tecnológicas y de las potencialidades productivas del general intellect. El paso paradigmático se enreda en los lentos tiempos de la cultura, de los hábitos sociales, de las identidades constituidas, de las relaciones de poder y de la regla económica dominante. El capitalismo como sistema cultural y epistémico, además de económico y social, semiotiza las potencialidades maquínicas del sistema postindustrial según líneas paradigmáticas reductivas. La herencia de la época moderna, con toda su chatarra industrial y con toda la chatarra de los hábitos mentales, de sus imaginarios de competencia y agresividad, pesa como un obstáculo insuperable, impidiendo el despliegue de una perspectiva de redistribución y de progresiva extensión del trabajo asalariado.

El tiempo de trabajo inmediato se vuelve cuantitativamente irrelevante con respecto al sistema de elaboración automático. Esta perspectiva de reducción del tiempo de trabajo necesario, y por lo tanto de progresiva eliminación de los trabajadores, es vista por el Poder obrero como una perspectiva feliz, que en el discurso composicionista se traduce en una suerte de confianza en la capacidad de autoafirmación de la inteligencia en contra de su uso capitalista.

En cuanto el trabajo en forma inmediata, este deja de ser la gran fuente de riqueza. El tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y así el valor de intercambio debe dejar de ser la medida del valor de uso. El plustrabajo de la masa ha dejado de ser la condición del desarrollo de la riqueza general, así como el no-trabajo de pocos ha dejado de ser la condición de desarrollo de las fuerzas generales de la mente humana. De esta manera, la producción basada en el valor de intercambio se derrumba y el proceso de producción material inmediato pierde también la forma de desdicha y de antagonismo. Entra en juego el desarrollo de las individualidades, y entonces no la reducción del tiempo de trabajo necesario para crear plustrabajo, sino en general la reducción del trabajo necesario de la sociedad a un nivel mínimo, al cual corresponde la formación y el desarrollo artístico, científico, etc. de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos [9].

La conjunción de la potencia de la tecnología con el conocimiento social general encuentra la fuerza de resistencia del modelo capitalista que predomina en las expectativas sociales, culturales, psíquicas de la humanidad proletarizada.

La economía, como jaula semiótica general, impide el despliegue de lo posible que también existe en la estructura material e intelectual de la tecnología. Marx escribe:

Estas páginas, valorizadas por el pensamiento composicionista cuando el texto de los Grundrisse empezaba a conocerse también en Italia, retratan con increíble lucidez las trayectorias a lo largo de las cuales se ha desenvuelto la historia social, política y económica del siglo XX. El concepto de trabajo abstracto es la mejor introducción para comprender la digitalización del proceso productivo que la difusión de la microelectrónica ha posibilitado y sucesivamente ha hecho desbordar.

Cuando Marx habla del capital como contradicción en proceso, prefigura la historia asombrosa del siglo XX, el siglo en el cual el capital, por instinto de conservación de su modelo económico-social, destruye las potencialidades que él mismo ha creado en la esfera técnica. Y cuando prevé el desarrollo de las facultades creativas, artísticas y científicas, Marx intuye la intelectualización del trabajo, característica de la transición post-fordista.

En un momento dado del desarrollo de la inteligencia aplicada a la producción, el modelo capitalista funciona como jaula paradigmática, encarcelando la actividad y la inteligencia en las formas del salario, de la disciplina, de la dependencia.

El concepto de paradigma no estaba disponible en la época de Marx, quien se vió obligado a reemplazarlo por conceptos ambiguos de ascendencia hegeliana.

La historia moderna no avanza dialécticamente hacia un resultado positivo, no se ve en su horizonte ningún supermercado dialéctico. Ella aparece más bien como un dispositivo patógeno, como un doble enlace: pero ¿qué es un doble enlace?

Gregory Bateson [11], en Verso l’ecologia della mente [12] y Paul Watzklawicz en Pragmatica della comunicazione umana [13] usan el concepto de doble enlace para entender una forma de comunicación paradójica en la cual el contexto relacional es contradicho por el contenido de la comunicación. Por ejemplo son dobles enlaces las disposiciones contradictorias, aquellas órdenes, solicitudes o pedidos en los cuales el enunciante pide al destinatario del mensaje una cosa con las palabras y otra, contradictoria, con gestos, los afectos o las entonaciones. Un doble enlace resulta de la superposición de dos códigos semióticos en las relaciones comunicativas, o de la superposición de dos perspectivas interpretativas en el curso de un único proceso. En el plano histórico, podemos afirmar que el capital semiotiza el proceso tecnológico según un código (el código de valorización económica) que no es adecuado a su contenido material y social. El resultado es un sistema de malentendidos, disposiciones contradictorias, superposiciones perversas.

Pensemos, por ejemplo, en el problema del llamado desempleo. En realidad, el desarrollo tecnológico vuelve el trabajo manual tendencialmente inútil y su evaluación salarial imposible. Pero, dado que el contexto relacional en el cual se inserta este mensaje y este proceso es el contexto del capitalismo que se basa en la vigencia del salario y en la centralidad del trabajo, ahí tenemos un doble enlace que entra en función.

El concepto de doble enlace es irreductible a la dialéctica. Frente a un doble enlace no vale de nada hacer oposición, ni frente a ello significa nada la negación global. El doble enlace se resuelve sólo cuando el contexto relacional es redefinido a partir del contenido enunciativo.

En el caso de la situación social tardo-capitalista, de nada sirve planear derrumbamientos políticos; al contrario, sirve modificar el sistema de las expectativas sociales, psíquicas, la organización de la vida cotidiana, en función de un sistema tecnológico en el cual el trabajo se ha vuelto, sencillamente, inútil, y el salario, sencillamente, indefinible.

Ningún derrocamiento totalizante es posible frente al doble enlace capitalista, por el hecho de que no existe ninguna totalidad positiva ni negativa en la historia social del capitalismo.

La totalidad es un abuso conceptual, que no se puede sobreponer al devenir real.

El único resultado positivo que se puede vislumbrar al horizonte de la historia moderna y del capitalismo híper-moderno post-humano es la divergencia singular que prolifera, que se encuentra con otras divergencias, avanzando con método viral.

[1] Obrerismo en castellano. [^]

[2] Lineamientos fundamentales para la crítica de la economía política. [^]

[3] Composicionismo en castellano. [^]

4 K. Marx, El Capital, editorial Einaudi, Turín 1975, pág.44.

5 ibíd., pág. 89.

6 Marx, Kart. Lineamientos para la crítica de la economía política, óp. cit. Vol. II, pág. 391.

7 Ibídem.

8 Marx, Lineamentos…, óp. cit., p. 396.

[9] Op. cit., pp.401-402. [^]

10 Op. cit., p.402.

[11] Ver Per una teoria della schizofrenia (Por una teoría de la esquizofrenia). [^]

[12] Hacia la ecología de la mente. Editorial Adelphi, Milano, 1976. [^]

[13] Pragmática de la comunicación humana. Editorial Astrolabio, Roma, 1971. [^]

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